viernes, 11 de abril de 2025

Vicho (con V)

Esa mañana hacía calor, a pesar de que eran las ocho. El verano ya había llegado, estaba terminando diciembre y se acercaban las vacaciones, pero todavía tenía que ir a la escuela uno o dos días más. Estoy segura de que ya había pasado la Navidad. 

            En la esquina no había casas, estaban los baldíos y la casilla de chapa donde vivía Víctor. Y por el fondo del baldío se llegaba a la casa de Marta y Félix. De ahí lo vi salir, y pensé que era una aparición del pasado, porque me miró con los ojos de Vicho, aunque no movió la cola. 

            Seguí de largo, tenía el tiempo justo para llegar al trabajo. Habremos hecho el almuerzo de fin de año, seguramente. Y a la vuelta veo que Félix, o Hugo, no estoy segura, está echando al collie de la casa. Entonces no era de ellos.

            Me sigue, pero no le tengo miedo. Es tan igual a Vicho que es imposible que me asuste. Y cuando trata de entrar conmigo, dudo. Pero ya tenemos una perra, y es suficiente, así que no dejo que entre en casa. Es a la tarde, cuando llega Lito y lo ve dando vueltas por la vereda, que le abre el portón y él entra.

-Se habrá escapado de algún lado al asustarse con los cohetes de Navidad - digo. 

-Seguro. Está muy lindo como para ser un perro callejero. Y no es un collie puro, pero se le acerca mucho - dice mi hermano. 

-¿Cómo lo vamos a llamar? - pregunto, y al preguntar me doy cuenta que ya estamos adoptando otro perro. 

-¡Vicho! Es igualito a Vicho, así que llamémoslo Vicho. 

-¿Será una reencarnación de Vicho? Hoy a la mañana lo vi metiéndose en la casa de Felix y Marta, y cuando al mediodía lo sacaron intentó entrar acá. Capaz que se confundió de casa y por eso entraba al lado.

-Capaz… 

 

            Y así fue que se quedó en casa Vicho, segunda parte, aunque para nosotros era casi el mismo. Su ladrido era diferente, y se asustaba mucho cuando veía una escoba o cualquier cosa que pareciera un palo. Seguramente vivió situaciones difíciles. Y cuando veía una llave en nuestras manos, se alejaba corriendo del portón, como si tuviera miedo de quedarse en la calle otra vez.

Pasaron bastantes años antes de que perdiera el miedo a las llaves. Era tranquilo, manso, se adaptó pronto a la casa y a Luna. Al poco tiempo tuvieron seis cachorros, que se quedaron a vivir también acá, la jauría era bastante grande: Pelu, Mía, Pit, Lulu, Yoyo, Reina. Todavía me acuerdo cuando escapaban de la zona que les había dejado Lito para ellos, con la esperanza de salvar a las plantas de tanta pata, hocico, cola y cuerpo buscando sombra mullida. Hacían un agujero en el alambrado y allá iban, de a uno, moviendo las colitas, felices. Y nosotros atrás corriéndolos para volverlos a su casita, zona limpia de pasto pero con mucha sombra en verano, sol en invierno, y unas higueras bajas que los proveían de fruta si no llegaban antes los pájaros o nosotros. 

            Vicho tuvo una auténtica vida de perro: me aplastaba las plantas, les ladraba a los pájaros, comía a sus horas, tomaba sol… Los años fueron pasando, y de ese 2010 hasta ahora pasaron sus buenos catorce años. Empezó a caminar más despacio y a comer la comida remojada, tenía menos dientes y los que tenía no estaban en condiciones. Se le empezó a caer el pelo, que debe ser lo que les pasa a los perros rubios que no tienen canas. Y ahora que estaba pelándose se lo veía flaco, puro hueso. Hasta el ladrido se estaba enflaqueciendo. 

            Era la hora de la siesta. Desde mi ventana lo vi tirado al sol, casi no se movía al respirar. Supe que estaba despidiéndose. Y a la tardecita, cuando Lito volvió del trabajo, fue lentamente a saludarlo. Movió la cola muy despacio, nos miró, empezó a caminar hacia la quinta, donde ahora está lleno de vincas y antes estaban las margaritas amarillas que custodiaban el último sueño del otro Vicho, y desapareció. 

 

 


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